Crónica de la actuación en el Auditorio Víctor Villegas

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Dicen que Manolete toreaba así, creciéndose ante cada toro y haciendo lo inimaginable para estar cada tarde mejor. El día 26 de septiembre será una fecha marcada con letras de molde, no sé si para los Parrandboleros, pero sí para sus seguidores. Este día lidiaban una benéfica en una plaza de primera. El concierto era a beneficio de Cáritas, Cruz Roja y Cepaim, tres instituciones muy necesitadas de recursos porque cada día aumenta el número de menesterosos que acuden a ellos en busca de ayuda. Ya lo dijo Manuel Manjón en rueda de prensa, “son muchas las solicitudes que recibimos para participar en múltiples eventos, pero no podemos dedicarnos solo a esto” por  eso quisieron organizar este concierto en el que ellos no cobrarían nada e incluso el  beneficio de los discos allí vendidos se sumaría al obtenido de las entradas. Se vendieron absolutamente todas las entradas; dos días antes, amigos míos no las pudieron comprar porque ya estaban agotadas. Y así, con un auditorio lleno hasta el último asiento, aparecieron uno a uno los Parrandboleros en el escenario. Un paseíllo que les he visto muchas veces y siempre me produce una emoción incierta. ¿Qué sentirán los Parrandboleros en esos momentos? ¿Se sentirán abrumados por la responsabilidad? No lo sé, pero lo que sí sé es que en la primera canción están más serios y concentrados, comienzan a relajarse cuando sienten el calor del público, se  mueven de otra manera, se sonríen unos a otros, satisfechos de cómo están sonando. Hay mucha química y mucha complicidad entre ellos en el escenario.

El día 26 será una fecha imborrable. No se puede decir que haya sido la mejor actuación del grupo porque eso no se puede decir de ningún artista: no hay una mejor faena, ni un mejor cuadro, ni un mejor libro, pero sí hay libros, cuadros y faenas que son únicos. Eso sucedió en el concierto. Allí hubo mucho arte, mucho dominio de la técnica, las voces bajaban y subían como algodones abanicados por el viento. Hubo un momento en el que todo el público quedamos en silencio apabullados por la grandeza del concierto, como cuando Zidanne se cruzaba regateando el Bernabeu arropado por el silencio del estadio, y los Parrandboleros, conscientes del momento,  disfrutaban su faena cantando, palmeando y bailando, dominando un escenario y un auditorio lleno hasta la bandera de un público generoso que los quiere y los admira.

No hay palabras” fue la frase más repetida al acabar el concierto. El público salía entusiasmado del auditorio  con la música en los oídos como miel en los labios. No digo que sea el mejor concierto que les he visto, pero si no hubiese podido asistir, cosa que estuvo a punto de pasarme,  y me cuentan lo que aquello fue, seguro, seguro que lo hubiese lamentado.

 

 
 
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